DEJAME QUE TE CUENTE

Narrar es guerrilla contra el olvido, ese que sin duda seremos. Solo la Medicina y las narraciones pueden tolerar la certeza de que ninguna historia humana acaba bien. Así que, mientras nos fingimos inmortales, pasa... y cuéntanos, disfruta escuchando las historias de los otros, que podrían ser las nuestras... porque el sufrimiento nos hace iguales, hasta llegar a Ítaca.

domingo, 15 de enero de 2017

ASI EN LA PLAYA COMO EN LA NIEVE



 
 
En estas últimas mañanas encuentro escarcha en los coches, camino del centro de salud (tengo trabajo, mis vecinos tiene coche). El vaho de mi boca me recuerda que hace frío (tengo abrigo –varios–, guantes, bufanda –muchas más de las que necesito–, acabo de darme una ducha caliente en casa). No he tenido que hacer ninguna cola esta mañana ni para calentar la leche (en casa hay varios litros) ni para tostar el pan (de molde, de una archiconocida marca multinacional). Mientras desayunábamos hemos escuchado las principales preocupaciones de este país durante el mes de enero (vivo en el “primer mundo”): si este año la cabalgata de Reyes ha sido “perdonable” (un niño y unos cuantos hombres formando una fila… qué coincidencia con las fotos), unos cuantos expertos asesorando a padres en talleres especializados sobre la edad óptima a la que los niños deben tener su –primer– Smartphone (mis hijos tienen uno cada uno, yo tengo otro), además de cuántos paquetes con regalos es conveniente que cada niño abra –no que juegue sino que abra– la noche de Reyes. 

A mí también me parecen asuntos preocupantes.

Apuro el té y apago la tele (tengo dos teles en casa) y salgo como cada mañana hacia el centro de salud (soy médica de familia, ya te dije que tengo trabajo y no me juego la vida trabajando). Por un instante se me pasan por la cabeza algunas de las causas de muerte que podrían aparecer en mi certificado de defunción pero no se me ocurre que pudiera poner: Hipotermia. Impacto de metralla. Derrumbe de su casa arrasada en un bombardeo. Yo vivo en un país si más guerras que las políticas. Hay paz (relativa y no perfecta pero paz). Puedo sentirme razonablemente segura. También mis hijos, que tienen  todo lo que pueden necesitar (todas las necesidades básicas cubiertas, todas) y bastantes cosas que no necesitan. Estudian (hay colegios, institutos), hacen deporte (hay polideportivos), tienen bibliotecas públicas –a las que no acuden– llenas de libros –que mis hijos no leen, prefieren los videojuegos–.

Esta es mi rutina de cualquier día de enero, como podría haberlo sido para una médica de familia siria una mañana cualquiera de enero de hace seis años. Ella y yo, compartiendo aún el entusiasmo por un oficio hermoso que se presta a escuchar, acompañar y aliviar los sufrimientos ajenos. Sin que ella dejara de cumplir con sus rutinas, sus horarios, sus obligaciones (igual que yo con las mías) todo se vino abajo. Ahora la rutina es la del miedo, la del terror, la del pánico. Durante seis largos años, cada día. Ya no hay trabajo. Ni coches aparcados. Ni ducha caliente. Ni desayuno, ni leche, ni pan de molde tostado. Frío sí, mucho, persistente. Sin abrigo, ni guantes, ni bufandas. Ella cambió su centro de salud por un bote hinchable en el que se subió con sus dos hijos, sin Smartphone ni paquetes de regalos ni fotos en la cabalgata de Reyes. Creyó que podría atravesar el mar helado y alejarse del miedo y de la muerte. Creyó que podría refugiarse en el primer mundo de cabalgatas de Reyes y buenos propósitos solidarios.
Ahora está haciendo cola a veinte grados bajo cero con una manta congelada sobre los hombros, congelado el rostro por el que ya no bajan las lágrimas que dejó de derramar hace nueve meses cuando llegó a Lesbos (sin Smartphone y sin sus dos hijos que cayeron del bote hinchable y se ahogaron en el mar helado).
Ella no sale en la foto que circula por las redes sociales y que yo veo esta mañana en Twitter, en mi Smartphone, camino a mi trabajo, con mi abrigo, mis guantes y una de mis muchas bufandas. Ella no, ni sus hijos (sin tumba, solo el mar como camposanto). Y yo pienso si no debería hacer algo más que retuitearla (la foto, la fila, el paraje helado como un Auschwitz del siglo XXI), hacer algo más que poner un emoticono triste, muy triste, el emoticono más triste que encuentro. Pienso en hacer una donación extra a ACNUR (soy socia de ACNUR, de UNICEF, de CRUZ ROJA, de SAVE THE CHILDREN y alguna otra) (soy socia, no beneficiaria). Pienso. No actúo. Siento. No actúo. Pienso al menos compartir la indignación que siento. Pienso decir algo. Pero me callo. Parece obvio que no servirá de nada.

¿Y si sirviera? ¿Y si tú tampoco te callaras? ¿Y si pudiéramos hacer una cabalgata mágica de verdad que terminara con esas denigrantes condiciones de vida en los campos de “refugiados”? ¿Y si pudiéramos parar la guerra? 

No sé cómo hacerlo. Sinceramente no sé cómo hacerlo ni qué hacer que sirva de algo. Pero no quiero seguir callada. Silencio cómplice, como tantos de la historia, que mira, se indigna y calla.

#CONLOSREFUGIADOSyonomecallo 
¿Y tú? ¿Tú también te callas o alzas tu voz?


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